La planta de mi familia

Hace muchos años, más de diez, mi abuela paterna me regaló una planta muy especial. Si bien siempre me hacía gajitos de sus plantas, malvones, lacitos de amor, esta tenía una historia particular. «¿No tenés la planta de la familia?» me preguntó una vez. Ahora recuerdo que fue cuando apenas me mudé al departamento de Corrientes y Urquiza. No sé si hago bien en contar esto porque sus recomendaciones fueron muy claras: 1) no podía dársela a nadie que no fuera de la familia y 2) no debía hablarle a nadie sobre esa planta ni siquiera pronunciar su nombre, que me reveló con orgullo. Porque era la planta de la familia y era muy especial. La había traído ella desde su casa natal en Santa Fe cuando se había venido a vivir a Rosario. 

Probablemente no haga bien en escribir esto pero siempre tuve en la cabeza la idea de hacer un estudio escrito de dicha planta, ya que asumí que era desconocida para la comunidad científica y que no tendría ni descripción botánica ni nombre científico. Un día me topé con ella en una enciclopedia de plantas y del susto cerré sus hojas enseguida y después cuando quise buscarla, no la encontré. 

Mi abuela me dijo que cada miembro había tenido un ejemplar de dicha planta. Mi mamá, por ejemplo, cuando se casó con mi papá, tuvo su planta pero no prosperó. Mi cuñada (excuñada) también tuvo su planta cuando se casó con mi hermano y tampoco prosperó. En el balcón de mi departamento, la planta no solo creció muy bien sino que floreció. Y cuando le conté a mi abuela se puso a llorar de la emoción. A ella nunca le había florecido. «No siempre florece», me dijo. A su mamá (mi bisabuela que no conocí) sí le había florecido. Mi tía me dijo en ese momento que yo era una persona con estrella y mucha buena suerte, y que la planta lo sabía. 

He construido un jardin esta hermosa muestra de Patricio Escobedo y Florencia Echaverría en Gabelich Contemporáneo me da el pie que necesitaba para contar esta historia y hacer el estudio botánico que esta planta se merece. 

La planta de mi familia es una enredadera voluble (es decir que el tallo se enrolla sobre el soporte) con hojas sagitadas (en forma de corazón). Las hojas son discoloras, es decir que el haz es de un color morado con un centro blancuzco (como si el corazon estuviera desgarrado) y el envés de color verde pálido. Además la planta presenta un fenómeno bastante habitual en la naturaleza, llamado dimorfismo foliar y que hace que además de las hojas moradas en forma de corazón la planta produzca otro tipo de hoja, verde y con tres puntas. Al principio creí que se trataba de dos plantas puestas en la misma maceta, pero no. Al menos eso me confirmaron mi abuela y mi tía cuando les consulté… no muy seguras, es cierto… y siempre me quedó la intriga de si me habían entendido lo que les preguntaba. Mi tía desvió el foco de la conversación y me preguntó lo que importaba, si la planta tenía hojas chicas o grandes. «Grandes» respondí y se miraron entre ellas. «Es la planta de la Lucía» exclamó mi tía. La Lucía era una prima de mi abuela. Aparentemente la planta tenía variedades según la rama de la familia de la cual procedía. 

Las flores son en forma de campana blancas y violetas. Según recordaba mi abuela, antes de abrirse del todo, las flores tienen forma de patito con la boca abierta. «Así» me decía mientras abría la boca y los ojos. No parecía la misma flor pero le dije que sí, por no querer desilusionarla. Me pidió verla porque desde que era chica que no veía esa flor. Le dije que sí y acordamos para que viniera a visitarme pero después no pudo y las flores se cayeron. Guardé algunas entre papeles secantes dentro de un libro, pero no recuerdo cuál y con el tiempo les perdí el rastro. 

La planta estuvo muchos años en una maceta en mi balcón, trepando a una mesa de hierro de esas típicas de los años setentas. En mi balcón solo tengo Bromelias, que son plantas monocotiledóneas, por lo que esta planta representaba una excepción (al ser dicotiledónea). Con el tiempo decidí llevarla al jardín de mi mejor amigo para que la planta pudiera expresar su potencial enrollándose sobre el tronco de un árbol. Ahí me topé con el misterio más grande: sus raíces. Mi tía me había dicho que eran papines (lo cual interpreté como bulbos o tubérculos) y que en primavera tenía que removerle la tierra con una cuchara o palita para facilitarles la salida a los nuevos brotes. Olvidé decir que se trata de una planta caducifolia y que al llegar el invierno las hojas se secan y caen y queda nomás la maceta con tierra. Entonces llevé la maceta a este jardín al comienzo de la primavera. Hice un hueco al pie de un árbol y cuando metí la pala en la maceta no encontré nada. Ni papines ni nada. Removí y busqué nuevamente. No había nada. Me sentí mal. Creí que por estar trasladando la planta al jardín de alguien que no era de la familia la planta había desaparecido. Realmente me angustié. Pensé en mi abuela, que para ese momento ya había fallecido y lo sentí como algo mal hecho. Puse la totalidad de la tierra de la maceta en el hueco al pie del árbol y extendí las palmas de la mano, a manera de reiki u oración. Pedí por favor, gracias y perdón. Le pedí a mi abuela que la planta siguiera existiendo. Y al llegar la primavera hice el ritual correspondiente, removí la tierra con una palita. Y a los pocos días, la planta de la familia asomó su hoja en forma de corazón. 

Agustín González, El Calafate, diciembre, 2021.